Oliva Sabuco, filósofa

CUENTO: ANGÉLICA RUIZ | ILUSTRACIÓN: LUZ ESTEVAN

—Sofía. Tienes deberes.

El padre de Sofía miraba atento la pantalla de su teléfono móvil donde la aplicación del cole mostraba una alerta:

«Sofía ha de encontrar el nombre de la persona que en el Renacimiento y con tan solo veinte años escribió un importante libro de filosofía y cuyo apellido, en algunos lugares, también se dicematapulgas’».

—Papá, ¿Cómo va a llamarse nadie «matapulgas»?

—No lo sé, hija, no me suena, pero es tu tarea resolver este enigma.

Sofía buscó «matapulgas» en Google y no aparecía nada ni nadie relacionado con la filosofía. ¡Y ella que pensaba que en Google estaba todo!

¡Vaya pistas más malas! Con aquello no podía localizar nada.

—Papá, pídele al profe si me puede enviar alguna pista más.

Su padre abrió la aplicación y escribió:

«¿Me puede dar una pista más sobre el filósofo?».

Al momento un sonido de campanilla indicó que llegaba aquella ayuda digital:

«Su nombre es el seudónimo de uno de los protagonistas de la película La habitación de Fermat. Parte de la solución también estará en la botánica».

Se lanzó como loca de nuevo a Google y se encontró enseguida que los personajes de la peli usaban nombres un poco raros: Fermat, Hilbert, Pascal, Galoise y Sabuco.

Comprobó los primeros: eran matemáticos famosos. Fue leyendo sus biografías de la Wikipedia y descubrió que Galoise era un joven que había muerto fusilado a los veinte años. Podía ser este chico francés.

Pero no, ni Galoise era del Renacimiento ni quería decir «matapulgas» en francés, y, además, había sido un gran matemático, pero no filósofo. Los demás protagonistas estaban descartados por mayores.

—A ver si el último…

De nuevo la búsqueda en Google: Sabuco, era… Oliva, una joven filosofa española del Renacimiento que había escrito un libro conocido en toda Europa. ¡Aquello prometía! Pero Sabuco era un apellido que en nada se parecía a «matapulgas».

Su profe le había dicho que «pensara en la botánica». El nombre era Oliva y eso era un fruto, pero por si acaso buscó «Sabuco y plantas» y descubrió que sabuco era uno de los nombres de un arbusto: el sauco. Y, claro, una planta tiene muchos nombres y buscando y rebuscando se encontró que en algunos sitios al sauco lo llaman «matapulgas».

La importante filósofa del Renacimiento había sido una chica de tan solo veinte años: Olivia Sabuco. Pero ¿una mujer joven y filósofa en aquella época? Allí parecía empezar otro misterio que Sofía no iba a dejar pasar.

Volvió a escribir en su ordenador «Olivia Sabuco» y pulsó el botón de buscar.

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Oliva Sabuco

Conocida como Oliva Sabuco de Barrera, nació en Alcaraz (Albacete), en 1562, y murió en 1620. Fue una adelantada a su tiempo. Famosa por su “Nueva Filosofía de la Naturaleza del Hombre”, una revolucionaria obra de carácter científico de valor excepcional de gran éxito en su época y prohibida por la Inquisición. Entre otros aspectos, adelantaba las descripciones médicas de la depresión

María Jesús Sánchez, la Gigante de la Bola del Mundo

CUENTO: TÁBITA CASAS SÁNCHEZ | ILUSTRACIÓN: PALOMA LÓPEZ LEARTE

Desde el pueblo, atravesando los prados ahora cubiertos de nieve, un sendero conduce hasta los pies de la montaña. Por el empinado camino, una fría mañana de invierno, sube una niña con unos pesados esquís de madera al hombro. Hace mucho frío y sopla ventisca. La niña va muy abrigada para hacer frente a la dura nevada. Su figura es apenas un punto negro sobre un enorme paisaje blanco. Se dirige hacia la cima de la montaña, a la Bola del Mundo.

Aquella montaña era la de Navacerrada, en los años cincuenta, cuando no había remontes ni pistas de esquí. Solo la nieve por todas partes. La niña se llamaba María Jesús, y lo que más le gustaba del mundo era subir hasta lo más alto para deslizarse después ladera abajo con sus esquís a toda velocidad.

En el Puerto de Navacerrada no había colegio ni tiempo para aprender. Tampoco había tiendas. Eran unos pocos los niños y niñas que allí vivían. Algunos, los más favorecidos, pasaban la semana alejados de sus familias en colegios internos de Madrid. El resto aprendía a leer, escribir y hacer las cuentas básicas yendo en el tren, cuando el tiempo lo permitía, en un viaje de una hora de ida y otra de vuelta al colegio de Cercedilla.

No había muchas amigas con las que jugar; lo que sí había era trabajo, mucho trabajo, en Las Brañas, el hostal restaurante de sus padres; y en invierno hacía frío y había nieve, mucha nieve. Así que, cuando el trabajo de secar cubiertos, doblar servilletas y manteles, pelar judías, acarrear leña y hacer camas terminaba y los clientes se marchaban de Las Brañas, María Jesús cambiaba su falda por unos pantalones, se echaba sus esquís de madera al hombro y comenzaba a subir la nevada ladera lentamente, con mucho esfuerzo, para después disfrutar de una veloz bajada sobre sus esquís.

Su madre y su hermano le enseñaron a ponerse los esquís con apenas cinco años y ya no supo parar de esquiar. No tenía entrenador, así que aprendió de practicarlo una y otra vez. Cada día, cuando terminaba su trabajo, preguntaba:

—Papá, ¿puedo ir ya a esquiar? ¿Terminé mi trabajo?

Y así, con un jersey de lana tejido por ella misma, pantalones, guantes y poco más, destacó desde muy pequeña en las competiciones infantiles que se celebraban en Madrid.

Tiempo después, María Jesús se enteró de que algunos chicos de la zona participaban en otras competiciones fuera de Madrid, así que habló con su madre:

—Mamá, ¿puedo ir con ellos? —preguntó María Jesús.

—Las chicas no pueden viajar sin sus padres —contestó su madre.

—¡Pues voy con vosotros! —exclamó la niña muy contenta.

—No podemos, cariño. Tenemos un negocio que atender…

Aquello no tuvo remedio, así que María Jesús siguió esquiando y esperando su oportunidad.

 

Y la oportunidad llegó. Un buen día, una competición nacional se celebró en su propia «casa», en Navacerrada. Vinieron chicas de toda España. Aquel día, María Jesús voló con sus esquís sobre la pista y ganó la carrera.

Y así fue como María Jesús Sánchez, a los quince años, sin ningún entrenamiento y solo con su esfuerzo y tenacidad, se proclamó campeona de España de Gigante en la categoría juvenil y tercera en el Eslalon Especial.

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María Jesús Sánchez

María Jesús Sánchez vivió en el Puerto de Navacerrada, cuna de grandes esquiadores de esa época, algunos de ellos olímpicos, como su hermano. En 1964 y 1965 volvió a quedar entre las tres primeras en Slalom Especial.
Dejó de esquiar y de competir cuando se trasladó a Madrid a vivir. Siempre habla del esquí como su gran pasión. Este cuento lo ha escrito su hija, Tábita Casas Sánchez

Dolores Ibárruri, la Pasionaria

CUENTO: ANA CERMEÑO | ILUSTRACIÓN: RAFA HÖRH

La niña Dolores nació en un pueblo de Vizcaya, Gallarta, donde su padre trabajaba de minero. Su madre la llevaba cada día a la escuela. A Dolores le encantaba y siempre le decía a su madre:

—Yo de mayor quiero ser maestra.

Pero tuvo que dejar los estudios para ponerse a coser y ayudar a su familia. Así empezó todo. Como costurera, en el taller vio que los obreros y las obreras trabajaban de sol a sol, en condiciones muy duras, por muy poco dinero y sin ningún derecho.

—No se puede vivir así. ¡No se puede! —pensaba Dolores.

También se dio cuenta de que las mujeres tenían más deberes todavía que los hombres: dedicarse a la casa y a los niños, sin que nadie les reconociese su esfuerzo.

Se enamoró de un minero y con él fue mamá de seis hijos. En los pocos ratos libres que le dejaban la casa y los niños leía mucho. Un día cayó en sus manos un libro que decía: «Las mujeres, obreras o señoras, son libres para elegir su destino». Aquella frase le hizo soñar que con sus ideas podía mejorar la vida de las personas.

Tenía veintitrés años cuando los trabajadores, entre ellos su marido, fueron a la huelga para luchar por sus derechos. Entonces Dolores pensó que el mundo era más grande que las cuatro paredes de su casa y tomó la decisión que cambió su vida: escribió en un periódico a favor de los derechos de los obreros. Como era viernes de Pasión, en Semana Santa, firmó el artículo como «Pasionaria», y esa pasión que puso a sus palabras hizo que ya todo el mundo la conociese para siempre con este nombre: Pasionaria.

Dolores se apuntó al Partido Comunista. Contaba sus ideas tan bien que empezó a brillar, aunque ella siempre vistiese de negro. Poco después, hubo una revolución obrera en Asturias y Dolores se preocupó por los niños huérfanos, a los que les buscaba familia. Dos años más tarde, estalló en España la Guerra Civil entre fascistas y comunistas, y Pasionaria, que estaba del lado de los comunistas, los animaba gritando:

—¡No pasarán! ¡No pasarán! —

Y muchos siguieron su grito de lucha. Pero los comunistas perdieron la guerra. La Pasionaria tuvo que marcharse de España y se fue a Moscú, adonde llegó con su sombrero y unos zapatos de verano. También vivió en China, en Bulgaria y en Rumanía. Le encantaba viajar, el cine y leer. Nunca se aburría: era muy inquieta y con una fuerza extraordinaria.

Volvió a España en mayo de 1977, cuando ya había democracia y se podía votar. Con ochenta y dos años fue elegida diputada por el partido de su vida, el comunista. Entró en las Cortes del brazo del escritor Rafael Alberti, con su vestido negro y el pelo recogido en un moño, como siempre se había peinado.

 

Y así fue como Pasionaria, una madre tenaz y luchadora, cumplió su sueño: romper las paredes de su casa y hacer inmensa su familia. Siempre se la recordará como la madre del Partido Comunista español y como una gran defensora de todos los obreros y obreras del mundo.

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Dolores Ibárruri

Nacida en Vizcaya el 9 de diciembre de 1895, la Pasionaria fue una histórica dirigente del Partico Comunista en España que, a su lucha política, unió la defensa de los derechos de la mujer. Vivió exiliada durante la dictadura y regresó a nuestro país en 1977. Murió en Madrid el 12 de noviembre de 1989.

Matilde Ucelay, la primera arquitecta española

CUENTO: RUTH PRADA | ILUSTRACIÓN: MALU BARNUEVO

Matilde y sus tres hermanas vivieron una infancia extraordinaria. Iban a un colegio muy moderno donde las niñas practicaban muchos deportes y todas las semanas las llevaban en tren de excursión. En su casa, recibían visitas de actores y dramaturgos como García Lorca y su padre las llevaba a conciertos y a la ópera. La vida en esa familia era muy estimulante.

Cuando a Matilde le llegó el momento de ir a la universidad, sus padres se quedaron sorprendidos con su elección:

—Quiero estudiar arquitectura — les anunció.

Le encantaban el dibujo y las matemáticas. El problema era que ninguna chica hasta entonces había estudiado esa carrera. Cuando empezó a ir a clase vio que ni siquiera había baños para chicas. No importaba, ella estaba decidida a demostrar lo mucho le gustaba lo que había elegido y se aplicó tanto que en un año hizo dos cursos.

La mayoría de los profesores la felicitaban, pero había algunos que no querían reconocer que una chica pudiera hacerlo tan bien:

—Esa chica va bien. Pero cuando llegue a mí, ya veremos —decían.

El día que terminó la carrera, sus compañeros le hicieron una fiesta. No se podían imaginar que solo unos días después estallaría la Guerra Civil y sus vidas cambiarían para siempre.

Después de la guerra, a Matilde le prohibieron trabajar como arquitecta durante cinco años, pero ella continuó diseñando proyectos, aunque los tuvieran que firmar sus compañeros.

Matilde siempre decía:

—Las mujeres, si no tienen independencia económica, no tienen libertad. —

Así que se casó, tuvo dos niños y montó un estudio de arquitectura en su propia casa donde siempre trabajó con mucha determinación.

Por las mañanas diseñaba viviendas y por las tardes cogía el tranvía y visitaba las obras. Al final se cansó de tanto tranvía y un día le dio una sorpresa a su familia, ¡se había sacado el carné de conducir y se había comprado un coche!

Matilde cogía su Seat 600, se iba a las obras para hablar con albañiles, electricistas y fontaneros y se hacía respetar en ese mundo de hombres sin perder la elegancia –siempre que podía se ponía vestidos del famoso diseñador Balenciaga–.

La primera arquitecta del país dibujaba casas con grandes ventanales para que entrara la luz, salones amplios para que la vida fuera muy cómoda y le pedía ayuda a un amigo que diseñaba paisajes para completar las viviendas con preciosos jardines.

Matilde diseñaba casas para que sus habitantes fueran felices.

Y así fue como Matilde Ucelay se convirtió en la primera arquitecta titulada española. Con decisión y determinación, consiguió dedicarse plenamente a su profesión durante más de cuarenta años. Diseño más de un centenar de proyectos.

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Matilde Ucelay

Nació en Madrid en 1912 y recibió el Premio Nacional de Arquitectura en 2004, cuatro años antes de su muerte. Sus edificios más emblemáticos son la Casa Oswald, en Puerta de Hierro, en Madrid; la Casa Benítez de Lugo, en las Palmas de Gran Canaria; y las librerías Turner e Hispano-Argentina en Madrid. El Ayuntamiento de la capital acaba de anunciar que dedicará unos jardines a la memoria de la arquitecta.

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Clara Campoamor, la defensora de las mujeres

CUENTO: RUTH PRADA | ILUSTRACIÓN: CARMEN REVUELTA

Había una vez una niña que era muy traviesa, se llamaba Clara.

Sus padres la mandaron a un internado y allí creó una sociedad secreta con algunas compañeras de su confianza: tenían que conseguir comida, aprovechando cualquier descuido de las monjas, para montarse banquetes a escondidas por las noches. ¡Qué bien se lo pasaba Clara en el colegio estudiando e inventando juegos!

Pero cuando tenía doce años su padre murió y su vida cambió de repente. La madre de Clara montó a toda prisa un taller de costura para mantener a sus hijos. Ella tuvo que dejar el colegio para ayudarla y las dos se pasaban día y noche entre telas, hilos y agujas. Cuando tenía un minuto libre, Clarita hacía lo que más le gustaba: leer todo lo que caía en sus manos.

—¡Cuánto me gustaría poder seguir estudiando! —pensaba Clara concentrada para no pincharse con la aguja.

Nadie se podía imaginar al verla así lo que lograría esa niña en la vida contando solo con sus armas: curiosidad, pasión y mucha determinación.

Cuando se hizo mayor, Clara consiguió un puesto de telegrafista y en aquel trabajo empezó a hacerse muchas preguntas: ¿Por qué las mujeres no van a la universidad? ¿Por qué los jefes son siempre hombres? ¿Quién dijo que las mujeres seamos inferiores?

—¡De eso nada! ¡Esto tiene que cambiar! —dijo Clara decidida.

Y como no había muro que la hiciera detenerse ni obstáculo que no pudiera saltar, se puso manos a la obra para alcanzar su sueño. Trabajó mucho, consiguió el dinero necesario para ir a la universidad y se hizo abogada. Con su título en la mano, se atrevió con algo extraordinario para una mujer en aquella época, abrió su propio despacho.

—Ahora podré defender a las mujeres que sufren injusticias —pensó Clara muy contenta.

Pero se dio cuenta de que, para hacer justicia, necesitaba cambiar las leyes que no reconocían los mismos derechos a las mujeres y a los hombres y que, por ejemplo, no permitían a las mujeres votar.

Como veía que los hombres no estaban por la labor, se propuso llegar al Parlamento para tomar parte en esas decisiones tan importantes y salió elegida diputada. Allí, Clara defendió sus ideas sola frente a un mundo de hombres, pero creía tanto en lo que defendía y con tanta determinación lo hizo, que alzó su voz por encima de todas las demás y logró lo impensable, ¡el derecho al voto para las mujeres!

Y así fue como esta luchadora hizo justicia a las mujeres y consiguió que, por primera vez en España, pudieran votar.

Nunca comprendí cómo los hombres creen tan fácilmente que lo son todo y cómo las mujeres aceptan tan fácilmente que no son nada
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Clara Campoamor

Escritora, política y defensora de los derechos de la mujer española, fue una de las principales impulsoras del sufragio femenino en el país, logrado en 1931 y ejercido por primera vez en las elecciones de 1933. Nació en Madrid el 12 de febrero de 1888 y murió en Lausana (Suiza) el 30 de abril de 1972

Concepción Arenal, pionera del feminismo

CUENTO: RAQUEL PELÁEZ | ILUTRACIÓN: LAURA RIVEIRO

Concepción Arenal nació en Ferrol, una ciudad rodeada de mar, de esas donde los pájaros son gaviotas. En aquel tiempo todo el mundo se trataba de usted y las mujeres solo podían hacer una cosa en la vida: echarse un novio, casarse, tener hijos y cuidar el resto de sus días de esos hijos y de aquel novio, que ahora era marido. Su familia era rica, pero ni siquiera el dinero podía cambiar las cosas.

Cuando el hombre de la casa moría, las mujeres de la familia se vestían como cuervos y, estuviesen tristes o alegres, ya no podían ponerse nada que no fuese negro. El padre de Concepción murió cuando ella tenía nueve años, así que, a ella, a su madre y a sus hermanas, les tocó vestir de negro durante muchos años.

Pero aquel hombre, que tenía unas ideas muy modernas, no desapareció del todo: en casa quedó su impresionante biblioteca. Cada vez que pasaba por delante de aquellos libros, Concepción sentía que la llamaban:

—¡Eh! ¡Ven aquí! ¡Aprende cosas! —

Pero cada vez que su madre la pillaba husmeando en aquella habitación se enfurecía y decía:

—¡Vosotras no tenéis que leer libros sino aprender a comportaros en sociedad! —

Es decir: ocuparse de la casa, sentarse muy rectas y expresar su opinión lo menos posible. Las hermanas de Concepción, que eran dos, obedecían, pero ella era incapaz.

Cuando cumplió quince años, a escondidas, se puso a aprender francés e italiano sin ayuda de nadie. Su madre, cuando se enteró, le riñó:

—¡Conchi! ¡Tú lo que tienes que aprender es a hacer las tareas del hogar! —.

Y Conchi, que así llamaban a Concepción cuando era joven, parapetada tras los libros de filosofía y de ciencias de su padre, le contestó:

—¿Pero, madre, por qué esto no cuenta como tareas del hogar? ¡Si lo estoy haciendo dentro de casa! —

Esto ocurría en un pequeño pueblo de Cantabria, al que Conchi, su madre y sus hermanas se habían mudado para cuidar de su abuela, que era muy anciana. En el pueblo se extendió el rumor de que la niña Conchi tenía la mala costumbre de leer.

—Ahí va la Filósofa —murmuraban a su paso.

Su madre, avergonzada, suspiraba.

—¿Por qué me habrá salido una hija tan rara? ¿Por qué no será como las demás? —

Pero Concepción, simplemente, no lo era. Y por eso, a pesar de vestir siempre de negro, todo el mundo la miraba como si fuese un babuino cubierto de pelos de colores.

Solo había una persona que nunca se reía de ella y que le devolvía una sonrisa de arcoíris siempre que la veía: su abuela.

Cuando la anciana murió, Concepción recibió una noticia tan buena que casi le dio vergüenza sentirse alegre: le había dejado todo su dinero. Al poco tiempo murió su madre también y aunque estaba muy, muy triste, se dio cuenta de que ahora era libre. ¡Y rica! ¿Qué podía hacer con aquella fortuna?

La misma voz que la llamaba desde la biblioteca le dijo:

—¡Ve a la universidad a estudiar! — Y eso hizo.

Cuando llegó a Facultad de Derecho, Concepción se encontró con que su dinero y sus ganas tremendas de aprender no eran suficientes. Allí solo admitían a chicos. Todos los profesores, que por supuesto eran hombres y también vestían con colores oscuros, le dijeron que no era bienvenida. Se puso tan triste como el día en que murió su abuela y, de pronto, echó de menos el mar de Ferrol y las montañas verdes de Cantabria.

Pero ella, que nunca había sido obediente, pensó que no quería pasar el resto de su vida poniendo la mesa, sentándose recta y callándose la boca, así que esta vez tampoco haría caso.

—Si tengo que ser un hombre, intentaré parecerme lo más posible a uno —se dijo.

Sin pensarlo dos veces, se cortó el pelo, se embuchó unos pantalones, se puso un sombrero de copa y una capa y, ocultándose lo más posible la cara, se presentó en clase. Un plan perfecto… que no funcionó.

Muy pronto sus compañeros se dieron cuenta de que aquel tipo menudo vestido de forma tan estrafalaria era muy raro. Tan raro que era ¡una mujer!

Aquello fue un escándalo y fue expulsada inmediatamente. Pero ya hemos dicho que Concepción no era capaz de callarse cuando tenía una opinión diferente a la del resto. Por eso, pidió hablar con el rector.

—¿Pero no ve usted, señorita, que este no es un lugar para las mujeres? —le recriminó aquel hombre oscuro con solemnidad ceniza.

—Pero ¿por qué no? ¡No soy diferente a ninguno de mis compañeros! ¡Yo también puedo leer y aprender! —repuso ella mirándole con ojos de luz blanca.

—¡Ah! ¿Sí? —le dijo él con mirada negra—

—¡Sí! ¡Y puedo demostrarlo! —le contestó ella.

—El rector miró a Concepción como si, a pesar de sus ropas negras, fuese un ornitorrinco cubierto de plumas multicolores y le dijo:

De acuerdo. Si de verdad es tan lista, le pondré un examen. Si lo aprueba, podrá ir a clase, ¡pero con mis condiciones! —.

Concepción lo aprobó. ¡Con sobresaliente! Así que al rector no le quedó más remedio que dejar que se quedase a escuchar las clases.

 

Nunca le dieron el título, pero gracias a lo que hizo, años después, el 8 de marzo del año 1910, en España se permitió a las mujeres estudiar en centros de enseñanza. Y por eso el 8 de marzo es una fecha importante, tan importante como que siempre hagas caso a la voz interior que te dice lo que realmente quieres hacer con tu vida.

 

Y así fue como Concepción Arenal se convirtió en la primera mujer en España que fue a la universidad. Ocurrió en 1842. Desde entonces, luchó toda su vida por defender la igualdad en educación y en oportunidades entre hombres y mujeres.

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La protagonista

Concepción Arenal

Licenciada en Derecho, visitadora de prisiones, periodista y escritora española encuadrada en el Realismo literario, fue además pionera en el feminismo español. Nació en Ferrol en 1820.

Ágatha Ruiz de la Prada, la niña que imaginó un mundo de color

CUENTO: ADRIANA MOURELOS | ILUSTRACIÓN: DAVID HERREROS

Había una vez una niña que tenía nombre de piedra preciosa. No de una cualquiera, sino de una especial compuesta por un mineral que puede ser de distintos colores. Su nombre era y es Ágatha.

En las paredes de su casa no había fotos de familia o paisajes del pueblo. Mientras la niña Ágatha merendaba, lo que veía en las paredes eran cuadros. No eran unos cuadros cualesquiera, sino obras de arte de grandes pintores.

Así que esta niña no hacía más que mirar los colores de aquellos cuadros. Sus favoritos eran los de un tal Picasso. Era Ágatha una de esas niñas de ojos muy abiertos que siempre saben lo que pasa a su alrededor. Y es que, además, a su alrededor pasaban muchas cosas interesantes.

No quería ser princesa ni ponerse largos vestidos incómodos o grandes lazos en el pelo. Ella quería vestir para estar cómoda y para divertirse, para mirarse y gustarse, y para ir a las fiestas que ofrecía su familia, especialmente su abuela, que tenía una casa en la que siempre había gente.

Cuando creció, decidió estudiar diseño de moda en Barcelona, donde vivía. Así, aprendería a hacer bien lo que ya le gustaba mucho. Cuando terminó, la niña Ágatha se fue a Madrid a descubrir la vida y la moda.

Madrid era entonces una fiesta, Agatha tenía ya veinte años, y se convirtió en una de las musas de un despertar artístico y cultural que se vivió en aquellos años. Enseguida empezó a trabajar en el estudio de un diseñador y pronto abrió su primera tienda y presentó su propia colección de ropa: convirtió veinte cuadros pintados por artistas en veinte vestidos.

La joven Ágatha tenía muchos amigos artistas, como Andy Warhol, un americano muy famoso que pintaba latas de sopa, y hasta la mujer del presidente del gobierno quiso llevar uno sus vestidos.

Sus diseños tenían colores y corazones, tenían rayas, lunares y medias lunas, tenían estrellas y hasta orejas de gato. Eran rojos, verdes, azules, amarillos y fucsias –el fucsia era su color favorito–. El mundo de color de Ágatha costaba mucho esfuerzo y también mucho dinero, pero ella nunca se rindió. Siguió trabajando duro y disfrutando con cada diseño y cada desfile.

Los vestidos que diseñaba tenían dibujos, pero también tenían formas: el vestido nube, el vestido globo, el vestido aro… como los vestidos de las fiestas de su infancia que ahora se ponían las mujeres, y también, claro, las niñas y los niños. Estos vestidos desfilaron en las mejores pasarelas de Madrid, pero también de París, la capital de la moda.

Su mundo de color creció cada vez más y Ágatha se convirtió en una diseñadora muy famosa y en una especie de reina de corazones. Lo que más le gustaba era trabajar, porque disfrutaba con cada puntada y cada trazo y porque quería crear un mundo más divertido.

No entendía la mujer Ágatha que una persona que lleve una ropa bonita y divertida tenga una casa fea, así que pronto sus famosos corazones fucsia y las lunas y las estrellas aparecieron por todas partes en sábanas, vajillas y sofás.

El mundo que siempre había imaginado a su alrededor era real: su tienda y su casa eran así y poco a poco más tiendas y más casas porque su imaginación llegó hasta Asia y dio la vuelta al mundo.

Agatha pertenece a una familia noble. Cuando llegó el momento de heredar los títulos nobiliarios como hija mayor, resultó que no podía porque hay una regla que dice que los títulos solo pasan de padres a hijos y nunca de madres a hijas. La mujer Ágatha pensó que aquello no era justo, así que reclamó los títulos y abrió el camino para cambiar esa regla y que otras mujeres pudieran hacer lo mismo. Ahora Agatha es diseñadora, madre, marquesa y baronesa.

Así fue como Ágatha Ruiz de la Prada se convirtió en una mujer de éxito que consiguió hacer lo que quería cuando quería y, ¿sabes qué es lo mejor de esta historia? Que lo sigue haciendo. Así que, si miras a tu alrededor, tal vez descubras un pequeño sueño de la niña Ágatha en tu mochila o en tu armario.

Lo que me deja atónita es que, en teoría, la moda cambia cada 6 meses, y sin embargo, todo el mundo viste igual
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La protagonista

Agatha Ruiz de la Prada

Es diseñadora de moda y empresaria, además de ostentar los títulos nobiliarios de marquesa y baronesa. Ha recibido, entre otros premios, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes y el Premio Nacional de Diseño de Moda.
Nació en Madrid en 1960.

Isabel Barreto, la exploradora que capitaneó navíos en los Mares del Sur

CUENTO: RUTH PRADA | ILUSTRACIÓN: PATRI EIRÍN

Hace mucho tiempo, en la época de los grandes viajes de exploración, vivía en Galicia una niña que era valiente, indomable y quería conquistar el mundo. Se llamaba Isabel.

La familia de Isabel pertenecía a la nobleza y su padre quiso darle la misma educación que a sus hermanos, algo poco habitual en aquellos tiempos. Ella leía y estudiaba mucho, aunque entonces no se podía imaginar que toda la geografía y geometría que aprendía le iban a resultar tan útiles años más tarde, cuando se convertiría en una auténtica exploradora.

La familia de Isabel se fue a vivir a Perú y allí formaron parte de la alta sociedad de Lima. Isabel disfrutaba de todo lo que una señorita podía desear, pero a ella la atraía demasiado la aventura y ese tipo de vida la aburría. Ella quería vivir peripecias como en los fabulosos libros de piratas que tanto le gustaban.

Entonces conoció a uno de los exploradores más intrépidos de la historia de los descubrimientos, Álvaro de Mendaña, un experto navegante que en ese momento estaba en la ruina. Se casaron y con el dinero de la dote de Isabel pudo comprar los navíos necesarios para poner en marcha una nueva expedición.

—Yo quiero ir contigo —le dijo Isabel a su esposo.

Los aguerridos miembros de la tripulación protestaron y dijeron que una travesía tan peligrosa no era lugar para una mujer. Pero como era la esposa del almirante pudo emprender ese viaje rumbo a los Mares del Sur.

Cuando estaban cerca de las Islas Salomón, una epidemia acabó con la vida de muchos marineros, incluido el esposo de Isabel. Para sorpresa de todos, antes de morir Álvaro la nombró heredera de todos sus cargos ya que confiaba plenamente en ella.

—Dejo por heredera universal y nombrada como gobernadora a mi esposa, doña Isabel de Barreto.

Así pues, Isabel tomó las riendas de la expedición como almiranta y tuvo que demostrar todas sus dotes de mando para dominar a un grupo de hombres que renegaban de que la jefa fuera una mujer. Fue una dura travesía llena de fatalidades: pasaron hambre y sed, hubo motines, conspiraron contra ella y además perdieron navíos.

Sin embargo, Isabel hizo frente a todas las adversidades con decisión y valentía y consiguió llegar hasta Filipinas, donde la esperaba un triunfal recibimiento. Desde entonces es conocida como la «reina de Saba de los Mares del Sur».

Así fue como Isabel Barreto se convirtió en la primera mujer con el cargo de alminante en la historia de la armada española y en una gran navegante y exploradora.

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La protagonista

Isabel Barreto

Navegante y exploradora. Está considerada como la primera mujer que ostentó el cargo de almirante en la historia de la navegación.
Nació en Pontevedra en el siglo XVI.

Emilia Pardo Bazán, la escritora que se metía en todo

CUENTO: CHARO MARCOS | ILUSTRACIÓN: laperroverde

Emilia nació en una casa llena de libros en A Coruña y, cuando aprendió a leer, sus padres le dejaron meter su naricilla en todos los que quiso. Vaya cosa, pensarás, a mí también me dejan abrir todos los cuentos que quiero. Ya, claro, pero es que, en 1851, que es cuando nació Emilia, las niñas no podían leer cualquier cosa ni estudiar lo que quisieran.

La familia de Emilia era rica y sus padres le procuraron una educación nada habitual para las niñas de la época. Hablaba varios idiomas y viajó por todo el mundo, pero en vez de convertirse en una señorita refinada lista para bailar con apuestos jóvenes en los salones de la época, Emilia fue una revolucionaria. Una provocadora. Se convirtió en escritora, ¡una muy buena!, tanto que los grandes autores del momento no tuvieron más remedio que reconocer su mérito, aunque muchos la rechazaron porque envidiaban su talento.

La obra más conocida de Emilia se llama Los pazos de Ulloa y es muy importante en la historia de la literatura europea porque, hasta entonces, la mayoría de las novelas que se publicaban eran relatos de amor romántico que poco tenían que ver con lo que de verdad pasaba en el mundo. Emilia había aprendido en sus viajes que también podía inventar libros que contaran la vida de las fábricas y de los obreros, las cosas de la gente, y eso fue lo que más le gustó hacer.

Con esas novelas, Emilia se convirtió en el altavoz de todas las mujeres de la época, que vivían atrapadas en un mundo en el que los hombres dictaban qué tenían que hacer, decir e incluso pensar. Y aquello, claro, fue un escándalo. Emilia se había casado a los diecisiete años con un joven rico como ella. Tuvieron tres hijos. Pero su esposo no pudo soportar que su mujer causara un alboroto tras otro con sus libros, sus críticas literarias, sus artículos periodísticos y en las conferencias, repletas de intelectuales, en las que participaba. De ella decían algunos que siempre se estaba metiendo en todo. Así que al final su marido le pidió que dejara de escribir y, como ella se negó, se separaron.

Emilia siguió escribiendo novelas en las que las mujeres protagonistas se comportaban como lo hacían los hombres y, por ejemplo, se saltaban las normas que les prohibían ir a una verbena con un chico que no fuera su marido o tener un novio que no hubiera elegido su familia.

Era una mujer con una fuerte personalidad y nunca se dejó acobardar por las críticas. En 1906 fue nombrada presidenta de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid, la primera mujer en ocupar este cargo. Sin embargo, no consiguió nunca que la eligieran miembro de la Real Academia Española porque estaba prohibido. La primera mujer que lo logró fue otra escritora, pero ya en 1979, mucho después de que doña Emilia, que es como se la conoce en todo el mundo, muriera a causa de una gripe.

 

Y así fue como Emilia Pardo Bazán utilizó sus privilegios sociales y culturales para convertirse no solo en una de las grandes escritoras de finales del siglo XIX y principios del XX sino también para reivindicar y defender los derechos de las mujeres.

“¡Ay del género humano si la Historia se redujese a la opresión del débil por el fuerte, al triunfo de la violencia!”
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La protagonista

Emilia Pardo Bazán

Aristócrata, novelista, periodista, ensayista, crítica literaria, poetisa, dramaturga, traductora, editora y catedrática. Fue una precursora del feminismo.
Nació en A Coruña en el siglo XIX.

SuperMariana, la guerrera que venció a Alergia

CUENTO: ESTHER PANIAGUA | ILUSTRACIÓN: IDOIA ASENSIO

Había una vez una joven con alma de heroína médica. Se llamaba Mariana Castells, aunque todos la conocían como SuperMariana. Su misión era luchar contra las enfermedades y encontrarles una cura. Por eso estudió Medicina y se hizo científica.

SuperMariana sabía que no podía acabar con todas las enfermedades a la vez. Por eso, eligió luchar contra la malvada Alergia. Esta villana llamada Alergia se dedica a hacer que algunas personas se pongan coloradas, o les pique la piel, o algo peor, por cosas normales como comer tomates, respirar polen, o tomar algún medicamento. Con su ejército, llamado Los Mastocitos, Alergia desprende una serie de sustancias que provocan esas reacciones.

Por suerte, SuperMariana estaba decidida a luchar contra Los Mastocitos. Sobre todo contra los que se encargan de fastidiar a alguien cuando se toma alguna medicina que necesita. Por eso pasó años investigándolos, como toda una superdetective. Los observó con el microscopio, los fotografió y aprendió todos sus movimientos ¡Para vencerlos, tenía que conocerlos muy bien!

Un día, la supercientífica estaba en su laboratorio y descubrió algo: sus enemigos tenían un punto débil.

—¡Ajá! ¡Ya os tengo! —exclamó.

Si introducía en el cuerpo de una persona la misma sustancia que ponía en marcha a Los Mastocitos, pero en una cantidad menor, podía paralizarlos. Es decir, que si la villana Alergia atacaba a alguien cuando se tomaba una medicina, lo único que había que hacer era darle una cantidad mucho más pequeña de esa misma medicina. Así varias veces, aumentando poco a poco la cantidad, conseguía engañar a los Mastocitos y evitar su ataque.

Con estas armas del conocimiento, la supercientífica podía vencer -de forma pacífica- a sus enemigos.

Cuando se lo contó a sus compañeros, a quienes ella admiraba, muchos no la creyeron:

—Su trabajo, jovencita, no tiene ningún interés— le dijeron.

—Eso no es cierto. Con este descubrimiento podemos salvar vidas, y voy a demostrarlo —respondió la investigadora.

En efecto, SuperMariana probó que decía la verdad. Gracias a ella, cientos de personas atacadas por Alergia pudieron curarse. Fue algo tan maravilloso que sus compañeros le pidieron perdón y la felicitaron por su importantísimo trabajo.

Hoy en día, esta superguerrera científica española sigue salvando vidas y sigue investigando, porque la guerra aún no ha terminado y Alergia tiene muchos ejércitos. ¡Que tiemblen todos, SuperMariana al ataque!

Así fue como la científica Mariana Castells, con tenacidad y determinación, consiguió salvar la vida de muchas personas alérgicas al medicamento que podía curarlas y demostró que si crees verdaderamente en lo que haces y no te rindes, puedes conseguir lo que te propongas.

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La protagonista

Mariana Castells

Profesora de Medicina en la Universidad de Harvard. Es especialista en la lucha contra las alergias.
Nació en Barcelona en los años 50.