Catalina de Erauso, la Monja Alférez

CUENTO: RAQUEL OLCOZ | ILUSTRACIÓN: LUKA ANDEYRO

Catalina era hija de un valeroso comandante vasco que servía al rey. Desde pequeña, aprendió de él y de sus hermanos a manejar la espada y a pelear. ¡Cuánto se divertía!

A los cuatro años la internaron en un convento, porque entonces estaba muy bien visto que las niñas se hicieran monjas, o que fueran educadas por ellas para luego encontrar un buen marido. Pero allí la vivaracha Catalina se aburría y echaba de menos jugar con sus hermanos.  Además, ¡ella no quería ser monja! ¡Y tampoco casarse con ningún hombre!

Un día, pegó a una de las religiosas del convento y se armó un buen lío. La castigaron, claro. Pero esa noche Catalina se cortó el pelo a lo chico, se hizo un pantalón con telas viejas y escapó. Tenía quince años.

Vagabundeó durante meses. Haciéndose pasar por un chico, trabajó como paje para varios señores y viajó por toda España. Tan bien se disfrazaba, que nadie se daba cuenta de que era una chica.  ¡Ni su propio padre, que se la encontró y le contó que estaba buscando a su hija fugitiva!

Catalina se metía en muchas peleas y acabó en la cárcel, por camorrista. Cansada de esa vida, se enroló como grumete en un barco y partió rumbo a América, donde venció a los piratas holandeses, resistió a terribles enfermedades que acabaron con la vida de muchos de sus compañeros, fue la única superviviente de un naufragio porque nadó millas y millas hasta la costa y se dedicó al comercio recorriendo América.

Una noche, hirió a un joven en un duelo.

—¡Como compensación, caballero, debéis tomar por esposa a la tía del muchacho! —le exigió la familia del chico herido.

Y aunque a Catalina le gustaban las chicas… ¡no podía casarse con ella! ¡Si lo hacía, la descubrirían! Así que huyó y tiempo después se alistó como soldado junto a mil seiscientos hombres que iban a la conquista de Chile. Pasó años luchando, ganando batallas, ocupando tierras, combatiendo con gran ferocidad… y buscando jaleo. Por una de sus peleas la condenaron a muerte y, para salvarse, pidió clemencia a un obispo.

—En realidad, soy una mujer, Excelencia Reverendísima —le confesó.

Cuando vio que decía la verdad, él la protegió y la envió a España, donde Catalina escribió sus memorias y se hizo muy famosa. El rey Felipe IV la reconoció como soldado, le puso el apodo de Monja Alférezy le dio permiso para usar nombre de varón. Esto llegó a oídos del Papa y, como le pareció muy bien, también él le dio permiso para seguir vistiendo y viviendo como un hombre hasta el fin de sus días.

Y así fue como Catalina, con rebeldía y valentía, demostró que a veces no importa tanto ser chico o chica y que importa más lo que cada uno quiera ser y hacer en la vida.

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La protagonista

Catalina de Erauso

Conocida como la Monja Alférez.
Militar, monja y escritora.
Nació en San Sebastián en el siglo XVI.

Tina de Jarque, la bailarina desnuda

CUENTO: CELIA BLANCO | ILUSTRACIÓN: JOJO CRUZ

Tina era hija de un payaso y, claro, toda su infancia vivió en un circo con trapecistas, domadores, equilibristas y hasta tragasables. Llevaba el faranduleo en la sangre. A Constantina, que era como se llamaba en realidad Tina, le gustaba el escenario desde chica, los focos de luz sobre ella y los micros que elevaban su voz hasta el cielo. Hablaba perfectamente cuatro idiomas que aprendió de los artistas del circo que venían de todo el mundo.

Ella siempre quiso ser una gran artista y se empeñó en tener una vida de película, bueno, de película de entonces, así que no le quedó otra que aprender mucho y viajar más. De Sudamérica trajo nuevos bailes y músicas como el jazz, la samba y la bossa nova, espectáculos que dejaban maravillados a los españoles de aquellos locos años 20. Jamás de los jamases habían visto a una mujer tan guapa bailar tan bien, hablar tantos idiomas y cantar canciones de amor y desamor tan bonitas. Dicen que fue la primera mujer que se atrevió a desnudarse en la gran pantalla en España. El público se quedó fascinado con la imagen y la noticia corrió como la pólvora por todo el país.

Aquel mismo año empezaron las peleas y combates de la guerra civil y la joven artista fue detenida. Tina era tan arrebatadora y bella que su captor se enamoró perdidamente de ella y le propuso fugarse. Ambos se embarcaron en una peligrosa aventura en la que no faltaron robos, espías y persecuciones.

No se sabe si Tina logró escapar a Francia o fue fusilada acusada de espía. ¿Quién sabe? Quizás, tan enigmática como siempre, se fugó guardando el secreto de su identidad, dejando de llamarse Tina de Jarque y envejeciendo como una abuela más que te puedas encontrar.

Nunca se sabe el misterio que esconden las abuelas.

Y así fue como Tina, atreviéndose con todo, se convirtió en una de las vedettes más famosas de España y en una artista transgresora símbolo de libertad.

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La protagonista

Tina de Jarque

Bailarina y cantante.
Nació en Barcelona en 1902.

Rosalía, la niña que podía hacerse invisible

CUENTO: CARMEN CASTROMIL | ILUSTRACIÓN: CLARA MONTAGUT

Había una vez una niña que se llamaba Rosalía. Su papá nunca vivió con ella, y la niña creció con la tristeza de ser invisible a los ojos de un padre. En sus primeros años, a Rosalía también le faltó su madre. No pudieron estar juntas hasta que cumplió cinco años, así que se crió con una tía muy buena en un pueblo de Galicia llamado Padrón. ¡Sí! El de los pimientos, esos que a veces pican y otras no.

Muchos días, deseaba ser invisible de verdad porque así se sentía mejor. Entonces, se metía en su cuarto, se ponía su capa de la invisibilidad, como Harry Potter, y empezaba a escribir cosas que le hacían sentirse bien. Eso la consolaba, porque escribir lo que sientes, aunque parezca mentira, alivia un montón.

—¡Rosalía, no me hables en gallego! —le riñó un día su profesor.

Ella no le contestó, porque era una niña muy dulce y educada, pero se marchó cabizbaja y con muchas preguntas en la cabeza. ¡No entendía nada!

Hacía por lo menos una semana que no veía a Maruxa, la lechera que siempre le regalaba un vaso de leche al salir del cole. Su tía le contó que había tenido que emigrar a América porque vender leche en aquel pueblo no le daba de comer.

Así que Rosalía, invisible otra vez, decidió irse a pasear a su rincón favorito, en las orillas del río Sar, donde escuchaba cantar a los campesinos y podía hablar con los pájaros de todas las injusticias que veía a su alrededor:

—¿Por qué no me dejan hablar en gallego los profes? Y mis vecinos, ¿por qué tienen que cruzar el Atlántico para poder trabajar? ¿Por qué la gente del campo canta esas canciones?

¿Por qué?¿Por qué? ¿Por qué?

Rosalía solo encontraba respuesta a estas preguntas cuando escribía. Lo hacía en gallego, aunque estuviera mal visto, porque era la lengua en la que mejor se expresaba y porque era su manera de rebelarse contra lo que no le gustaba. Las palabras tenían para ella un poder mágico que le hacía sentirse muy poderosa.

—Porque todavía no se les permite a las mujeres escribir lo que sienten y lo que saben.

Por eso escribía. Lo hacía tan bien que se convirtió en una escritora universal, la gallega más leída y traducida de todos los tiempos. Aquella niña que de pequeña se hacía invisible, hoy va volando por el mundo entero en un avión que lleva su nombre: Rosalía de Castro. 

«Llorar las penas alivia y bien contadas mecen el alma y la tranquilizan un poco».
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La protagonista

Rosalía de Castro

Poeta y novelista.
Nació en Santiago de Compostela, en el siglo XIX.

Rosalía, a nena con poderes invisibles

CUENTO: CARMEN CASTROMIL | ILUSTRACIÓN: CLARA MONTAGUT

Había unha vez unha rapaza que se chamaba Rosalía. Seu pai nunca viviu con ela e creceu con esa morriña de ser invisible ós ollos dun pai. De pequerrecha, cando os bebés aínda maman o leite materno, tamén lle faltou sua nai e non se volveron xuntar ata que cumpriu cinco anos. Así que Rosalía se criou cunha tía moi boa nunha aldea de Padrón. Si! O pobo dos pementos, eses que ás veces pican e outras non.

Tímida e melancólica. Así creceu esta nena na Galicia rural do século XIX. Moitas veces desexaba ser invisible de verdade, porque así se sentía mellor. Daquela, pechábase no seu cuarto, poñíase a súa capa da invisibilidade, como Harry Potter, e escribía cousas que lle facían ben. Iso consolábaa. Porque expresar por escrito o que sentes, alivia unha morea. E non é trola.

– ¡Rosalía: non fales galego!, rifoulle un día o seu maestre.

Ela non lle contestou, porque era una rapaza moi doce e educada, pero marchou triste e con moitas preguntas na testa.

¡Non entendía ren! Aquelo pasou ó pouco de que Maruxa, a leiteira que sempre lle daba un vaso de leite ao saír da escola, marchara cunha maleta moi lonxe, A súa tía contoulle que tivera que emigrar a América porque vender leite naquel pobo non lle daba para comer.

Así que Rosalía –invisible outra vez– decidiu ir pasear ao seu lugar favorito, á ribeira do río Sar, onde escoitaba cantar aos campesinos e podía falar cos paxaros das inxustizas que vía ao seu carón:

– Por que non podía falar en galego cos mestres? E por que os seus veciños tiñan que cruzar o Atlántico para poder traballar? Por que a xente do campo cantaba esas cancións?

Por que? Por que? Por que?

Rosalía so atopaba resposta a todas estas preguntas cando escribía. Facíao en galego, aínda que estivera mal visto, porque era a lingua na que mellor se expresaba; e tamén, porque era o seu xeito de rebelarse contra o que vía e non lle gustaba. As palabras tiñan para ela un poder máxico que lle facían sentirse moi poderosa.

– Porque aínda non se lles permite ás mulleres escribir o que senten e o que saben.

Por iso escribía. Facíao tan ben que se converteu nunha escritora universal, a galega máis lida e traducida de tódolos tempos. Hoxe, ata un avión que surca os ceos leva o nome daquela rapaza que de cativa se facia invisible: Rosalia de Castro.

"Chorar as penas alivia e, ben contadas, calman o espírito e o desacougo".
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A protagonista

Rosalía de Castro

Poeta e novelista.
Naceu en Santiago de Compostela, no século XIX.

Lola Flores, el arte que sale del corazón

CUENTO: MARÍA GARRIDO | ILUSTRACIÓN: MARÍA DE LA MARERÍA

Cuando Lola Flores todavía no sabía caminar ya bailaba: ella quería ser artista. Había nacido en un pueblo de Jerez y, antes de cumplir 10 años, todos los vecinos habían ido a verla actuar en la taberna de su padre. Con 15 hacía giras por Andalucía y a los 17 convenció a su familia de mudarse a Madrid.

–Mamá, papá, llevadme a Madrid. En una ciudad grande encontraré mi oportunidad.

Lola no tenía una voz muy bonita, ni siquiera entonaba bien. Pero enseguida adivinó que si a la vez que taconeaba era capaz de cantar, conseguiría ser como las artistas que veía en las fotos de las revistas.

Así que cantó. Cantó sin importarle si las notas se le amontonaban en la garganta o se movían de su sitio mientras ella agitaba su melena y el vestido de lunares. Cantó, aunque algunos decían que solo hablaba. Decidió que iba a mirar siempre al público. Y a sonreírle. Y a hablarle. Y a guiñarle el ojo. Y a hacer flamenco sobre el escenario. Pero el flamenco que a ella le daba la gana:

Ay, pena, penita, pena, pena

Pena de mi corazón

Que me corre por las venas, pena

Con la fuerza de un ciclón

En aquella época, tener más de un novio era pecado y los pecados eran delito, pero ella los tenía de tres en tres. También era un tiempo en el que las mujeres apenas ganaban dinero, aunque Lola peleaba hasta conseguir contratos millonarios. Todos empezaron a llamarla “La Faraona” porque era tremenda y solía lograr lo que se proponía.

Triunfó tanto y llegó tan lejos que la primera vez que actuó en Nueva York el periódico más importante del mundo habló de ella: «No canta ni baila, pero no se la pierdan», publicaron.  Puede que no sean palabras muy bonitas, pero ella las convirtió en la manera de explicarse a sí misma: «No soy la mejor en nada, pero sí soy una gran artista», decía convencida de que hacer las cosas perfectas es menos importante que hacerlas con el corazón.

Lola tenía una hija que se llamaba Lolita. Cuando Lolita iba a casarse se le escapó por la tele que todos los españoles estaban invitados a su boda y, claro, la Iglesia se llenó. Miles y miles de personas querían entrar y allí no se podía respirar. La Faraona cogió el micrófono del cura y se dirigió a la multitud:

–Mi hija no se puede casar. Así que si me queréis a mí, marcharse. ¡Si me queréis algo, irse!

Lola lo soltó con el corazón. No sabía su frase sería tan famosa como ella ni que un país entero la repetiría. Desde entonces, «¡si me queréis, irse!» es la forma más divertida de decirle a alguien que se vaya de algún sitio.

 

Y así fue como Lola Flores, aquella niña que antes de andar ya bailaba, se convirtió en Lola de España y demostró que el mayor secreto del artista es actuar con su corazón.

“¿Sabes por qué yo estoy guapa? Porque el brillo de los ojos no se opera, porque lo que sientes por dentro te sale a flor de piel”.
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La protagonista

Lola Flores

Cantante, bailaora y actriz.
También conocida como Lola de España o La Faraona.
Nació en Jerez de la Frontera, Cádiz, en 1923.

Begoña Vila, la niña que buscaba espirales en el cielo

CUENTO: ANGÉLICA RUIZ | ILUSTRACIÓN: CLARA MONTAGUT

A Begoña le intrigaban las espirales. En la playa veía caracolas, en el agua remolinos, en el campo los girasoles con sus semillas: había espirales por todos lados. Se hizo con una lupa y se pasaba muchos ratos descubriendo dónde la naturaleza, y algunas veces el hombre, escondían espirales. Luego pidió de regalo de cumpleaños un espirógrafo, un juguete con el que llenaba sus cuadernos de espirales de colores.

Un día, cuando estudiaba ciencias en su colegio, su profesora les contó lo siguiente:

-La Vía Láctea, la galaxia a la que pertenecen nuestro sistema solar y nuestro planeta, tiene forma de espiral. Pero desde la Tierra no es fácil verla.

Begoña empezó a discurrir cómo podría ver esas espirales que estaban en el cielo y cogió unos prismáticos, y desde su ventana, una noche de verano, intentó descubrir dónde estaba la galaxia, pero solo pudo ver un poco más grandes las estrellas.

Unas semanas después fue con sus padres al campo por la noche y allí, sin que la luz de la ciudad le estorbara, pudo ver un maravilloso espectáculo de luces: ante sus ojos aparecieron miles de estrellas y entre ellas, un cinturón denso de luces: La Vía Láctea. Aquella era la famosa espiral, pero, claro, la estaba viendo desde dentro. Su padre y su profesora le dijeron que había muchas más, pero no se podían ver porque estaban a demasiada distancia.

Begoña pensó que, si ella había visto mejor las estrellas al alejarse de una ciudad, quizás podría ver mejor las galaxias si se conseguía colocar un telescopio lo suficientemente lejos. No en Tierra, como se hacía hasta entonces, sino en órbita, alrededor de la Tierra, sin interferencias lumínicas ni de las nubes y otras turbulencias atmosféricas. Si la humanidad ya había llegado a la Luna, ¿por qué no podía enviar al espacio unos prismáticos mucho más grandes que los de su padre?

Y Begoña empezó a estudiar para poder hacer realidad su sueño de ver esas espirales en el cielo.

Cuando ya era mayor, los científicos de la NASA convirtieron en realidad parte de su sueño y lanzaron el primer telescopio espacial, el Hubble. Pero a los pocos años el Hubble empezó a quedarse un poco miope y la agencia espacial norteamericana quiso construir un nuevo telescopio espacial mucho mejor, y buscando a alguien que pudiera ayudarles, llamaron a Begoña que, desde entonces, está creando los prismáticos más grandes y brillantes que nunca habrá tenido la humanidad y que nos permitirán a todos ver de cerca las espirales del cielo.

 

Y así fue cómo la astrofísica Begoña Vila se especializó en el estudio de galaxias espirales y llegó a ser ingeniera de la NASA.

“Creo que el Universo es muy grande, con billones de galaxias y estrellas con planetas a su alrededor. Cada vez encontramos más y debe haber algún otro planeta donde la vida exista.”
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La protagonista

Begoña Vila

Astrofísica.
Nación en Vigo, Galicia, en 1963.

En, la pintora que ayudaba a Dios

CUENTO: ANGÉLICA RUIZ | ILUSTRACIÓN: RAÚL ARIAS

Había una vez una niña que tenía uno de los nombres más cortos que has oído nunca, solo dos letras: se llamaba En. Cuando En era pequeña, aprendió a crear tintas de colores con tallos de hojas de roble, agua con tierra rojiza y un poco de goma arábica, lo que sería como una especie de «slime» de esa época. Entonces tampoco había bolígrafos y En utilizaba plumas de ganso cuya punta mojaba en la tinta. A sus amigos y sus padres les gustaba mucho lo que dibujaba y siempre le decían:

—Haznos un dibujo, En.

Los libros, antes de que se inventara la imprenta, se hacían de uno en uno y por eso se tardaba mucho tiempo en terminarlos. Los monjes copiaban a mano los textos. Además, solo unos pocos libros, los más especiales, llevaban dibujos.

Años después, en un importante monasterio de Zamora que fabricaba libros, los monjes buscaban a alguien que decorara con dibujos uno extraordinario. En, junto a otro sacerdote dibujante, Emeterio, comenzó a trabajar en aquel libro llamado Beato, donde se contaba una profecía sobre cómo iba a acabarse el mundo. A la gente de la Edad Media les gustaba escuchar aquella historia que era como una película de miedo hoy en día.

En era la única mujer en aquella sala de copistas. Como no le gustaban las anteriores versiones del Beato, empezó a cambiar la manera de ilustrarlo. De sus pinceles salieron colores más vivos: oro, rojo, azules…y las páginas ya no parecían aburridos textos en letras visigóticas. Les dio volumen a sus dibujos para dotar de personalidad a los protagonistas y por si alguien se confundía, ponía el nombre al lado de cada figura.

En era una artista tan valorada que firmó en aquel libro, cosa nada habitual en las mujeres en esa época, y, además, su nombre aparece por delante de su compañero de trabajo, Emeterio, lo que quiere decir que era más importante.

Junto a su nombre, En también nos dejó escrita su pequeña autobiografía:
«En, la pintora que ayuda a Dios».

Y así fue como En se convirtió en la primera mujer pintora en toda Europa que firmó su obra y cuyo nombre conocemos.

«En, la pintora que ayuda a Dios»
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La protagonista

En

Pintora del Monasterio de San Salvador de Tábara.
Zamora, siglo X.

Carmen, la revolucionaria que cambiaba el mundo con sus letras

CUENTO: MAR ABAD | ILUSTRACIÓN: LUPE CRUZ

En un pueblo de minas de oro vivía una niña de ojos negros poderosos. Era tan deslumbrante que un día la vio un joven y quedó enredado en su mirada, sus rizos y su belleza efervescente. Ese mismo día Arturo empezó a escribirle poemas de amor hasta que por fin consiguió que Carmen se enamorara de él. A su familia no le gustaba el chaval pero ella se empeñó: «Me casaré con él».

El matrimonio comenzó turbulento. Arturo alargaba tanto las noches de juerga que por las mañanas no iba a trabajar al periódico. Entonces, Carmen, resuelta y decidida, ocupaba su puesto. Ella redactaba las noticias y sola, con audacia y empeño, aprendió el oficio de periodista.

Lo que ella imaginó como una bonita historia de amor se convirtió en un suplicio. Carmen no era feliz pero, a finales del siglo XIX, los maridos eran los jefes de las casas. Ella hacía como si obedeciera las órdenes de su esposo, pero en realidad tenía otro plan: por las noches, a escondidas, estudiaba para ser maestra y escapar de las garras de aquel hombre malvado.

Al cabo de unos años, Carmen consiguió el título de profesora y un día, sin pedir permiso a nadie, agarró las maletas y a su hijita pequeña, montó en un tren, y muchas horas después llegó a Madrid. Tenía treinta y tres años y toda la vida por delante. Había decidido olvidar sus penas y empezar una vida mucho más interesante.

Fue despacho por despacho dejando una tarjeta en la que ponía:

«Carmen de Burgos. Periodista»

Día tras día, incesante, al fin consiguió escribir en un periódico. Nada podía pararla. Buscaba becas para viajar y conocer otros países, montaba reuniones donde juntaba a los literatos más famosos… En pocos años era una intelectual admirada y respetada en todo el país. Era tan popular que la llamaban para dar conferencias en Europa y América.

Aprovechó los textos que escribía para hablar de la vida tan dura que llevaban las mujeres. Muchas tenían que aguantar a maridos crueles y abusones, pero no podían abandonarlos porque era un escándalo. Carmen decidió explicar qué era el divorcio y por qué era necesario. Con coraje y decisión, peleaba por los derechos de las mujeres. A principios del siglo XX ni siquiera podían votar porque se pensaba que su misión en la vida era cuidar de su casa, de su marido y de sus hijos.

Pero Carmen, como otras muchas mujeres, le dijo al mundo que ni hablar. Ella quería estar en las mismas tribunas y en los mismos puestos que los hombres. Ahí y tan lejos como pudiera llegar para crear una sociedad más justa y generosa. Ese era su deseo, inmenso como el universo e imparable como el vuelo de una estrella.

Y en su corazón enorme volvió a saltar una chispa. La memoria había borrado a Arturo como el viento se lleva la hojarasca, porque los desamores no sirven para nada. Para nada más que para meterlos en el cubo de la basura. Carmen se enamoró de nuevo. En las reuniones literarias que organizaba en su casa apareció un día un joven llamado Ramón al que le gustaba escribir versos divertidos. Ella, tan generosa, le ayudó a publicar sus rimas y a que fuera un escritor famoso. Y durante mucho tiempo trabajaron juntos, en la misma mesa, y se quisieron con pasión.

A Carmen nada la detuvo nunca. Ni las penas, ni el desamor, ni una sociedad que no valoraba a las mujeres. Ella llegó a lo más alto: a la tribuna de los intelectuales. Fue una hermosa guerrera a la que le bastaron dos armas para conseguir sus hazañas: la palabra y el amor. Ella, con sus libros, sus conferencias y su tesón, hizo mucho para que un país de ideas muy antiguas empezara a modernizarse. Tanto que, cuando ya era mayor, casi parecía otro. Y, por eso, antes de que su inmenso corazón diera el último latido, dijo, sonriente: «Muero feliz».

Y así fue como Carmen de Burgos, con su audacia y decisión, llegó a ser periodista, se convirtió en la primera corresponsal de guerra española y contribuyó a crear una sociedad más justa.

"Quiero para ambos sexos idénticos derechos, las mismas leyes e igual educación"
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La protagonista

Carmen de Burgos

Escritora, periodista y activista.
Fue la primera corresponsal de guerra.
Nació en Almería en 1867.

Remedios Varo, la pintora de sueños

CUENTO: ANGÉLICA RUIZ | ILUSTRACIÓN: CARMEN REVUELTA

Había una vez una niña que se llamaba Remedios porque, antes de que naciera, se había muerto su hermana mayor y ella fue el «remedio» para la tristeza de sus padres.

Remedios, que tenía ojos negros de gato, soñaba con figuras de colores y animales imaginarios que le fascinaban, pero cuando se despertaba no sabía bien cómo contarlo. Probó a escribir sus sueños en forma de historias que luego ocultaba bajo los baldosines.

—¿Por qué escondes tus historias? —preguntó su padre.

—No me acaban de gustar, papá. Me salen solo garabatos y tachones.

Remedios vivía con su familia en un pueblo de Girona e iba algunas veces con su madre a la catedral. Allí, un buen día descubrió los dibujos de un libro ilustrado hacía siglos por una mujer llamada En.

—¡Mamá, mira! ¡una serpiente con siete cabezas! ¡Oh, esto es fantástico! ¡Se parece a mis sueños!

Así que pensó que quizás podría intentar dibujar sus sueños con lápiz y papel en un cuaderno.

Su familia se tuvo que trasladar a Algeciras, al sur de España. En la nueva casa, Remedios colocó sus dibujos en las paredes: en ellos aparecían serpientes, hechiceros y brujas. Aunque aquello tenía mejor aspecto, sus sueños seguían siendo más vivos y coloridos.

La familia se mudó de nuevo, esta vez a Madrid, y viendo que Remedios no parecía muy alegre, sus padres le preguntaron por ello:

—Mis dibujos tampoco se parecen a mis sueños —respondió.

—Remedios, para eso, mejor que el cuaderno son los cuadros, y en lugar del lápiz, necesitarás unas varitas mágicas llamadas pinceles.

Dicho y hecho, Remedios empezó a estudiar pintura en la Academia de Bellas Artes de Madrid. Sus sueños empezaron a aparecer mucho mejor en los lienzos: serpientes, figuras esbeltas, mecanismos, sombras, gatos, caballeros alados, calles de Cataluña, bicicletas… pero todavía faltaba algo en su obra.

Cuando en España empezó la Guerra Civil se fue a París, pero allí estalló la Guerra Mundial, y con tanta guerra por todas partes, Remedios no conseguía pintar ni un cuadro, así que se tuvo que ir a México. Al llegar, descubrió de inmediato el último ingrediente que le faltaba: los vivos colores de los paisajes, los vestidos y las máscaras mexicanos.

Sus pinturas se convirtieron en las más bonitas, sorprendentes y diferentes del mundo porque, ahora sí, eran igual de brillantes y mágicas que sus sueños.

Y así fue como Remedios Varo se convirtió en una de las mejores pintoras surrealistas del mundo y una de las mejores de la historia.

"Yo pensaba que para un creador lo importante es el crear y que el devenir de su obra era cuestión secundaria y que fama, admiración, curiosidad de la gente, eran más bien inevitables que cosas deseadas"
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La protagonista

Remedios Varo

Pintora surrealista.
Nació en Anglès, Girona, en 1908.

María Sanz de Sautuola, los ojos que descubrieron los bisontes de Altamira

CUENTO: CHARO MARCOS | ILUSTRACIÓN: LUKA ANDEYRO

María vivía en una casa enorme, con una biblioteca repleta de libros a la que se asomaba de vez en cuando con la profesora que le enseñaba geografía y la obligaba a leer durante larguísimas horas. No veía el momento de salir a jugar afuera. La casa estaba rodeada de un inmenso jardín en el que su padre, Marcelino, cultivaba árboles, flores y plantas procedentes de todo el mundo. Tal era la pasión de su padre por aquel prado y con tal mimo lo cuidaba que, con los años, se convirtió en uno de los más hermosos no solo de Cantabria, donde vivía la familia, sino de todo el país.

A veces, María husmeaba la gran colección de ciencias naturales que atesoraba su padre, pero lo que más le gustaba era acompañarle en sus largos paseos por los montes cercanos en los que él le enseñaba todo lo que aprendía de sus libros de historia y botánica. Durante aquellas caminatas, recogían muestras de árboles y plantas y exploraban las numerosas grutas que encontraban en las rocas.

Hacía años que su padre sabía de la existencia de aquella cueva que hoy se llama Altamira en los alrededores de su casa, pero no le había prestado más atención que a otras. Un buen día, sin embargo, decidió que había llegado el momento de explorarla. María, que ya tenía ocho años, quiso acompañarle en la excursión. Conocía cada rincón del jardín de su casa con tal detalle, que su curiosidad le pedía descubrir nuevos lugares.

—Papá, ¿puedo ir contigo? Yo también quiero entrar en la cueva —preguntó María justo después del desayuno.

—Está bien, cariño, pero prométeme que no te moverás de mi lado.

La niña asintió entusiasmada, se prometió a sí misma que cumpliría su palabra y, de la mano de su padre, partió hacia la aventura. Al llegar, su padre se entretuvo con unos restos de huesos y piedras que había en la entrada y ella, acostumbrada a trepar entre las rocas de la zona, se adelantó unos metros hasta llegar a una sala en la que, de repente, vio algo en el techo:

—¡Papá, papá, mira, toros pintados!

Aquellos toros que María encontró en la bóveda de Altamira eran en realidad bisontes pintados durante la prehistoria y son la obra de arte más antigua y también la más bella de cuantas hay en el mundo. Su padre pasó el resto de su vida defendiendo el hallazgo de su hija porque muchos científicos pensaron durante años que no eran de verdad. Pero sí que lo eran, y gracias a su tesón y a la mirada curiosa de María, hoy las admiran miles de personas de todo el planeta.

Y así fue como la curiosidad de María la llevó a descubrir la cueva de arte prehistórico más importante del mundo, Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

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La protagonista

María Sanz de Sautuola

Descubridora.
Nació en Santander, Cantabria, en 1871, donde murió el 25 de enero de 1946.